
Foto: Presidencia de Colombia
Por: Gabriela Avendaño | Socia de Poligrama.
Hay fotos que no se discuten: se metabolizan. Se tragan como una pastilla amarga o como una verdad que llega tarde. La imagen de Gustavo Petro sentado en la Casa Blanca, con la compostura del estadista y la mueca —sí, la mueca— de una sonrisa al lado de Donald Trump, no es un detalle menor: es el símbolo de una época.
No estamos ante una postal diplomática cualquiera. Estamos ante la coreografía perfecta de la contradicción contemporánea: un presidente que ha construido identidad desde el discurso antiimperialista y que, al mismo tiempo, entiende que la política exterior no se gobierna con arengas, sino con pasillos, llamadas, visados, concesiones, silencios y, cuando conviene, sonrisas.
Ahí está el giro fuerte. No el de Petro como individuo, sino el del libreto entero.
La ironía: la política exterior siempre debió ser esto
Aquí aparece la frase incómoda —la que muchos prefieren esquivar porque rompe la épica—: La política exterior, la buena política exterior, no debería tener ideología. Debería tener prioridades. Y la primera prioridad son los ciudadanos.
Derecha, centro o izquierda: un país serio negocia. Convenia. Coopera. Protege intereses
nacionales sin convertir cada desacuerdo en una cruzada moral. En la reunión se habló de lo que siempre pesa más que el discurso: narcotráfico, seguridad, cooperación, estabilidad regional. También de Venezuela, donde Petro busca reubicarse como un actor funcional en un tablero que ya no responde a consignas.
Lo irónico es que esto —hablar de drogas, seguridad, cooperación, energía, fronteras— es exactamente lo que siempre se debió hacer.
Lo escandaloso no es que se sienten. Lo escandaloso es la teatralidad previa: el incendio verbal, la sobreactuación del conflicto, el “veneno del resentimiento” utilizado como recurso político. Porque el problema no es negociar.
El problema es alimentar narrativas que cruzan fronteras y regresan convertidas en polarización social, como si la dignidad nacional se midiera en decibeles y no en resultados.
Petro y el precio del giro: ¿qué se concede cuando se sonríe?
La pregunta relevante no es si Petro se reunió con Trump. Eso ya ocurrió.
La pregunta es qué se mueve cuando esa puerta se abre.
Colombia venía revisando posiciones sensibles incluso antes de este encuentro: extradiciones, estrategias de seguridad, cooperación antidrogas. Temas incómodos para un gobierno de izquierda, pero inevitables cuando se administra Estado. Si esa línea se consolida, el giro no será solo simbólico: será operativo.
Y ahí aparece el dilema real del poder:
- Si giras demasiado rápido, te llaman traidor.
- Si no giras a tiempo, enfrentas aislamiento, sanciones y costos directos para tu gente.
El Estado no premia coherencias discursivas. Premia supervivencias materiales.
El giro final: gobernar no es resistir, es hacerse cargo
Esta tesis incomoda porque rompe el consuelo de todos. La derecha suele vender la política exterior como orden y firmeza, pero necesita enemigos permanentes para sostener su relato.
La izquierda suele venderla como dignidad y soberanía, pero cuando el reloj corre y la economía respira, aprende —a veces a la fuerza— que gobernar no es resistir, sino hacerse cargo.
Petro no es una anomalía. Es un caso contemporáneo. Convoca soberanía, denuncia intervenciones, acompaña la calle… y luego llama, negocia y posa —sonriendo— junto al poder que antes funcionaba como antagonista simbólico.
No es cinismo. Es aprendizaje del poder.
Y aquí está el verdadero giro que no deberíamos perder de vista: la política actual es capaz de incendiar sociedades con relatos transfronterizos —por identidad, por ego, por rentabilidad política— y, al día siguiente, sentarse a pactar en nombre del interés nacional.
Ojalá lo segundo fuera la norma desde el inicio. Lo imperdonable es lo primero: el resentimiento viajando como propaganda, mientras los ciudadanos —siempre los ciudadanos— pagan la factura.


